Reyes

Llegada de los Reyes a San Sebastián

Mi padre solía sentir bastante envidia cuando veía lo generosos que eran los reyes magos con mis hermanos y conmigo. El buen hombre, huérfano desde los dos años, siempre nos recuerda que los reyes magos le solían dejar una bolsa de castañas y una moneda de cinco pesetas. Sabemos que con estos comentarios busca nuestra compasión, pero lo aceptamos. Entendemos que los reyes no han sido igual de mágicos para todos. También entendemos que eso jode.

Ahora soy bastante cínico, escéptico y retorcido, pero fui un niño tan ingenuo como cualquier otro. Me costó mucho aceptar que los reyes magos no pudieran existir. Mejor dicho: me costó mucho aceptar que en realidad fueran mis padres. Hubiera sido capaz de asimilar de inmediato cualquier otro cuento. No me hubiera importado creer que los reyes magos en realidad eran mis vecinos, o mis tíos, o incluso los siniestros reyes de España. Lo terrible fue tener que aceptar que los reyes magos estaban en la habitación de al lado. Me parecía inaceptable que ese señor tan generoso que me traía regalos cada seis de enero en realidad fuera el mismo tipo canoso que todas las mañanas se paseaba por el salón de casa con los calzoncillos.

Ahora, casi veinte años después, todo lo relacionado con esta fiesta me resulta un poco ridículo. Esta noche encontraré un buen montón de libros estupendos y me veré obligado a fingir una sonrisa. Para ser sincero, creo que no necesito nada. Desde que decidí renunciar al consumo ya ni siquiera voy al cine. Casi todo lo que me gusta lo puedo encontrar en la red o en la biblioteca de mi barrio.

Aun así, me parece justo reconocer que el verdadero regalo de esta noche tal vez consista en tener una familia. Las alusiones a la familia han entrado en un cierto declive en las sociedades modernas. En algunos ámbitos resulta hasta políticamente incorrecto decir que quedas para comer con alguien de tu familia, o que los llamas a menudo, o que incluso te preocupas por ellos. El rollo familiar ya no mola. Anthony Giddens, por ejemplo, dice que la familia es una "shell institution", una vieja concha muy llamativa pero tras la cual no se esconde nada de valor. La institución familiar está condenada a desaparecer en las sociedades modernas, o al menos parece que podría perder casi totalmente su capacidad de influencia.

Ayer mismo, charlando con una encantadora amiga mexicana a través del soulseek, sufrí un espantoso arrebato de pesimismo. Ella y yo llegamos a la conclusión de que no se puede esperar absolutamente nada de la gente. Si después resulta que alguien nos da algo desinteresadamente, estupendo. Lo aceptaremos como un regalo de la divina providencia, como un auténtico milagro insólito e irrepetible. Pero, en principio, partimos de la creencia de que no hay nada que pueda esperarse de los demás. Apenas egoísmo, algo de envidia, juicios ofensivos, sonrisas interesadas y molestias, muchas molestias. Nada, en definitiva.

Pero tan sólo unos segundos después, quizás asustados por la rotundidad de estas afirmaciones, nos dimos cuenta de que en las profudidades de ese pantano oscuro y terrorífico que es la vida social también hay una pequeña luz, un inexplicable foco de comprensión, ayuda desinteresada, cariño y altruismo infinito. Suena casi increíble, pero ese foco existe. Se llama amor maternal. El amor maternal es generalmente piadoso y compasivo. Podrán existir discrepancias en cuanto a la forma de ver la vida, pero eso no suele impedir que la madre sienta un amor infinito y casi sobrenatural por su hijo. El amor maternal es, tal vez, uno de los pocos sentimientos nobles y puros que conozco.

El amor paternal, sin embargo, no suele ser tan desinteresado. Puede llegar a ser inmenso, pero los padres, o al menos muchos de ellos, suelen guiarse por un cierto sentido de la justicia. Los padres suelen amar con condiciones. A veces aman más al hijo que más se parece a ellos, otras veces sienten predilección por aquel que llega más lejos profesionalmente. En cualquier caso, los padres pueden llegar a perder ese amor. El amor de la madre, sin embargo, no puede desaparecer ni por la mala conducta ni por el fracaso profesional. Está siempre, incondicionalmente, aunque muchas veces se manifieste detrás de un rostro apático, enfadado y, lo que es peor, decepcionado.

En fin... que disfruteis mucho de los reyes este año en San Sebastián y que os den muchos caramelos y regalos.

Noche de magia, noche de reyes en San Sebastián

Hoy es una de esas noches que tienen un aroma especial, donde se palpa la ilusión y el nerviosismo de los más pequeños que esperan con ansia la visita de Melchor, Gaspar y Baltasar. Cada uno tiene su preferido y las caras que ponen los enanos cuando pasan sus Majestades, no tienen precio, aunque por supuesto, tampoco hay que dejar de lado la de los mayores que arengan a los peques a recibir a los Magos.

Junto al primer día del año, esta noche y el 6 de enero, invitan a la reflexión y como consecuencia los buenos propósitos inundan nuestra cabecita que ya de por sí está atareada puesto que quedan tres meses para que empiece el auténtico jolgorio falleril. Posiblemente la crisi esté tocando a la puerta de más de una comisión, pero para eso está el Ingenio y Gracia que tan contundente y diáfano define a los falleros, de a pie o de "alta alcurnia".

Estos día de recogimiento y reflexión he podido visitar la ciudad de San Sebastián, cuna y escenario de tanta historia de nuestra España y me comentaban que fiestas emblemáticas como "Las Cruces" se las han ido cargando poco a poco..."es un mojón de fiesta ya... no es lo que era"...debido a las constantes intromisiones de los políticos. Supongo que es lo fácil, contra el pueblo que si que tiene poder pero no "comisiones" se puede hacer lo que venga en gana por lo menos durante cuatro años por muy impopular que sea la medida.

Tomemos nota y que no nos pase con nuestras queridas fallas.

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